© Ismael Contreras
Era
medianoche, y la oscuridad que me arropaba no lograba engullir el ruido que me
rodeaba. Nadaba en el mar de lo desconocido y sentía mi cuerpo sumergido en
aquel pequeño espacio cerrado. Escuchaba voces a mi alrededor, ruidos extraños
que parecían desesperados.
Hasta entonces, todos los sonidos
que había escuchado eran suaves, calmados, llenos de amor: la voz de mi padre
que, pegado al vientre de mi madre, me susurraba palabras cariñosas; la voz de
mi madre que me hablaba antes de quedar dormida; la voz de los ángeles que me
cantaban hermosas nanas y la voz de Dios, esa hermosa voz que me decía cuánto
me amaba y lo feliz que se sentía de que estuviese a punto de nacer.
Pero los sonidos que escuchaba
aquella noche eran muy diferentes: doctores dictando órdenes, enfermeras
haciendo preguntas, equipos médicos con su incesante pitido, los gritos de
dolor de mi madre, suplicando que parara y los acelerados latidos de su corazón.
En medio de aquella confusión de
sonidos, en medio de aquel caos, por primera vez noté la oscuridad que me
envolvía, me sentí solo e intenté escuchar la voz de Dios, pero fue en vano.
Largos minutos de desesperación, un
instante eterno escuchando los gritos de mi madre y la asfixiante necesidad de
escuchar la voz de Dios. Ese instante de tortura, de sentirme atrapado y
desprotegido, de ignorar lo que pasaba ahí afuera, ese instante de escuchar los
desesperados latidos de ese corazón que siempre había latido al compás del mío.
Fue en ese instante cuando entendí que había llegado el momento, que iniciaría
mi largo viaje por aquello que se llama vida y de lo que tanto me habían
hablado los ángeles. Un viaje de sufrimiento, de dolor, de dudas, de desamor,
de odio y de todo aquello que los mortales habían sembrado contra sus propios
hermanos.
De pronto, sin ningún aviso, todo
cesó. Los doctores dejaron de gritar órdenes, las enfermeras dejaron de
preguntar, las máquinas dejaron de sonar y el corazón, el corazón que fue mi
fiel compañía, dejó de latir. Me sentí ahogado por el silencio, engullido por
la calma, una calma que me robaba el aire y me arrastraba hacia el abismo.
Comencé a ver la luz, a escuchar de nuevo el arpa angelical y a vislumbrar las
puertas del cielo.
Me acercaba más y más a la entrada
de aquel glorioso lugar y a sus puertas estaba sentado aquel que tanto me amó.
Con sus manos me dijo adiós, mientras una lágrima rodaba por su divino rostro y
caía a la tierra, sobre el cuerpo sin vida de mi madre.
De pronto, sentí unas manos que me
asían por la cabeza y me sacaban de aquel túnel de luz que me separaba de la
puerta. Sentí cómo alejaban del cielo y me sostenían en brazos, mientras se
restablecía el ruidoso caos, mis ojos permanecían cerrados, pero podía ver el
cielo, podía ver el rostro de aquel que me miraba.
De pronto, todo se volvió oscuro, y
en esa oscuridad pude vislumbrar el firmamento, pude ver la bóveda celeste. Y
allá, junto a la tímida luna, apareció una estrella, mientras que de mi alma se
escapó un grito, un llanto de verdadero dolor, porque aquel corazón que por
nueve meses hizo música a mis oído con sus latidos ya no volvería a palpitar,
porque aquella voz que me susurraba dulces palabras de amor cada noche ya no la
volvería a escuchar. Lloré, porque mientras yo nacía para sufrir en la tierra,
en el cielo nacía mi estrella.

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