Breves consejos para un buen suicidio
El arte, esa magnífica expresión de la belleza que irradian
las musas, del milagro más hermoso de la creación: la vida.
La vida está repleta de arte, y en
sí misma, la vida es un arte. El milagro de la procreación, la maravilla de
nacer, el prodigio de vivir; todas y cada una son diferentes expresiones del
arte que derraman las musas sobre nuestro mundo. El milagro de la vida no
termina con el nacimiento, sino que se extiende a lo largo de la vida misma, a través
de cada momento vivido, de cada acto ejecutado, de cada acción omitida.
Pero, ¿Qué hay de la muerte? Si vivir
es un arte, ¿por qué no debe serlo también el morir? Pues que podemos hacer de
nuestra vida un milagro, una obra de arte que se crea y se recrea
constantemente a través de un ciclo de hechos y pensamientos únicos, siendo,
pues, esto de esta manera, ¿Qué nos impide hacer de la muerte una obra de arte
aún mayor y más creativa que la vida misma?
Siendo, pues, que nos planteamos
esta interesante cuestión, ¿Por qué no pasamos de inmediato a lo que realmente los
motivó a leer este escrito? Pues estoy seguro que, aunque sus prejuicios
sociales les prohíben expresarlo abiertamente, ustedes sienten en lo más
profundo de sus oscuros corazones (de no ser oscuros no estarían leyendo esto) el
deseo de conocer una forma efectiva de cometer un buen suicidio, algo digno de
una mente genial, algo que los aparte de la vulgaridad de aquellos que recurren
a medios arcaicos para poner fin a una existencia que consideran miserable. Empecemos
pues:
(Nota: las siguientes instrucciones
están pensadas para un hombre, aunque las mujeres también podrían utilizarlas,
pero de una forma diferente)
Lo primero que tienen que llevar
pendiente es por cuánto tiempo desean morir, y cuánto tiempo quieren que les
lleve efectuar el suicidio, pues de eso depende la forma que realizarán los
siguientes pasos.
Bien, para empezar, apaguen los
circuitos del cerebro que sirven para razonar (muy importante), y dejen que sea
el corazón el que piense y decida, el que dirija los hechos y las palabras.
Elijan una tarde crepuscular, una
de esas en que el cielo se tiñe de diferentes tonalidades escarlatas, en que se
viste con un manto de rosáceo colores vivos para despedir al día que se va. Tengan
cuidado en escoger ese momento del ocaso en que las almas, cual gaviotas
gregarias que a su hogar regresan, se recogen hacia aquel lugar que consideran
su hogar, hacia aquel refugio transitorio que los aparta del resto del mundo y
lo mantiene encadenados a un espacio donde pueden compartir con unos pocos
elegidos aquello que los hace miserables.
Les dejo la opción de elegir el
escenario, aunque recomiendo un parque, un malecón o cualquier lugar que les
ofrezca un espacio donde sentarse y un buen escenario para observar. Pero repito,
se lo dejo a vuestra elección.
Bien, ya elegido el escenario, el
lugar desde donde iniciarán este largo proceso del suicidio, les recomiendo que
se distraigan en algo interesante, mientras aparece el instrumento que servirá
para llevar a cabo el suicidio. Escojan entre una de las tantas cosas que
pueden hacernos creer que el tiempo va más deprisa: un café, un libro, mirar
las palomas, observar a un tipo que intenta flipar con una chica, observar a
los chavales que realizan todo tipo de estupideces que creen divertidas. En
fin, escojan lo que deseen.
De aquí en adelante singularizo las
instrucciones, puesto que las circunstancias serán diferentes para cada uno,
aunque producirán idéntico resultado.
Llegado cierto momento, como por
casualidad del destino, por mero accidente cosmológico, moverás algunos grados tu
ángulo de observación, y de repente la verás (o lo, depende de si eres sombre o
mujer). Ahí está ella (o él, ¿Qué más da?), caminando lentamente en dirección
hacia, con el pensamiento cautivo en algún asuntillo que le hace olvidarse del
mundo entero. La mirarás, detenidamente observarás sus rasgos, su fisionomía.
Contemplarás su forma de caminar, admirarás la manera en que avanza entre los
demás transeúntes, como si ella no fuese parte de ellos, como si el hallarse en
aquel lugar no fuese más que un revés en su vida.
Como por una efecto conjunto de las
fuerzas del cosmos, como en respuesta a tu insistente mirada, ella te mirará,
por unos breves segundos te observará y creerás haber visto en aquel hermoso
rostro, detrás de su mirada angelical, un viso de sonrisa, la sombra de una expresión
galante dirigida hacia ti en medio de aquella multitud de seres ajenos a tu propósito.
Instintivamente, sin saber cómo o
por qué, en el justo momento en que se acerque a tu banca te levantarás y
dejarás caer disimuladamente el libro que estabas leyendo (si elegiste otra
cosa, ni modo, tendrás que idear otra forma). Ella, quizás un poco sobresaltada
al ver el libro caer a tus pies, se detendrá y establecerá contacto visual, y
quizá verbal, contigo.
He aquí donde comienza nuestra
labor de suicidio.
Le hablarás y ella te hablará. Serás
gentil, simpático y caballeroso. La harás reír y alabarás su sonrisa y sus
hermosos ojos. Ella corresponderá a tus halagos y a tus galanterías con una
sonrisa.
Sin saber cómo, ambos se verán
envueltos en una amena conversación, mientras la acompañas caminando hasta su
casa. En el transcurso de la conversación se darán cuenta de que ambos son
lectores, de que tienen muchas cosas en común y de que podrían llegar a ser
buenos amigos. Te enterarás de que ella es soltera y está sola y una chispa se
encenderá en tu pecho, un pequeño latido inusual que intenta avisarte de que
algo nuevo está pasando.
Y es aquí, amigo mío, donde empieza
tu muerte, el suicidio lento y eterno del amor. Sentirás en tu pecho que se clava
la saeta de Cupido, mientras de tu corazón mana ese sentimiento que no sabes
explicar, pero que sabes que está ahí. Así empieza un ciclo de muerte-vida, un
imparable proceso de morir-resucitar, de creer que estás vivo cuando en
realidad estás muerto. Entonces sabrás que te has estado suicidando desde ese
momento en que dejaste caer un libro a los pies de esa hermosa mujer, pues TE
HAS ENAMORADO.
Si esperabas un suicidio que
involucrara un disparo, una cuerda, un veneno o un puente, permíteme decirte
que eres bastante común y que, por tanto, mereces una muerte común, y no la
muerte digna que ofrece el amor, una muerte que se convierte en arte y que
manifiesta el más grande milagro de la naturaleza.
Porque el amor es el arma más letal
que existe: como saeta se nos clava en el pecho; como veneno recorre nuestro
ser; como una cuerda se nos anuda en la garganta, pero como droga, nos mata
mientras nos llena de placer.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Agregar comentario