miércoles, 6 de julio de 2016

Breves consejos para un buen suicidio



Breves consejos para un buen suicidio


El arte, esa magnífica expresión de la belleza que irradian las musas, del milagro más hermoso de la creación: la vida.
La vida está repleta de arte, y en sí misma, la vida es un arte. El milagro de la procreación, la maravilla de nacer, el prodigio de vivir; todas y cada una son diferentes expresiones del arte que derraman las musas sobre nuestro mundo. El milagro de la vida no termina con el nacimiento, sino que se extiende a lo largo de la vida misma, a través de cada momento vivido, de cada acto ejecutado, de cada acción omitida.
Pero, ¿Qué hay de la muerte? Si vivir es un arte, ¿por qué no debe serlo también el morir? Pues que podemos hacer de nuestra vida un milagro, una obra de arte que se crea y se recrea constantemente a través de un ciclo de hechos y pensamientos únicos, siendo, pues, esto de esta manera, ¿Qué nos impide hacer de la muerte una obra de arte aún mayor y más creativa que la vida misma?
Siendo, pues, que nos planteamos esta interesante cuestión, ¿Por qué no pasamos de inmediato a lo que realmente los motivó a leer este escrito? Pues estoy seguro que, aunque sus prejuicios sociales les prohíben expresarlo abiertamente, ustedes sienten en lo más profundo de sus oscuros corazones (de no ser oscuros no estarían leyendo esto) el deseo de conocer una forma efectiva de cometer un buen suicidio, algo digno de una mente genial, algo que los aparte de la vulgaridad de aquellos que recurren a medios arcaicos para poner fin a una existencia que consideran miserable. Empecemos pues:
(Nota: las siguientes instrucciones están pensadas para un hombre, aunque las mujeres también podrían utilizarlas, pero de una forma diferente)
Lo primero que tienen que llevar pendiente es por cuánto tiempo desean morir, y cuánto tiempo quieren que les lleve efectuar el suicidio, pues de eso depende la forma que realizarán los siguientes pasos.
Bien, para empezar, apaguen los circuitos del cerebro que sirven para razonar (muy importante), y dejen que sea el corazón el que piense y decida, el que dirija los hechos y las palabras.
Elijan una tarde crepuscular, una de esas en que el cielo se tiñe de diferentes tonalidades escarlatas, en que se viste con un manto de rosáceo colores vivos para despedir al día que se va. Tengan cuidado en escoger ese momento del ocaso en que las almas, cual gaviotas gregarias que a su hogar regresan, se recogen hacia aquel lugar que consideran su hogar, hacia aquel refugio transitorio que los aparta del resto del mundo y lo mantiene encadenados a un espacio donde pueden compartir con unos pocos elegidos aquello que los hace miserables.
Les dejo la opción de elegir el escenario, aunque recomiendo un parque, un malecón o cualquier lugar que les ofrezca un espacio donde sentarse y un buen escenario para observar. Pero repito, se lo dejo a vuestra elección.
Bien, ya elegido el escenario, el lugar desde donde iniciarán este largo proceso del suicidio, les recomiendo que se distraigan en algo interesante, mientras aparece el instrumento que servirá para llevar a cabo el suicidio. Escojan entre una de las tantas cosas que pueden hacernos creer que el tiempo va más deprisa: un café, un libro, mirar las palomas, observar a un tipo que intenta flipar con una chica, observar a los chavales que realizan todo tipo de estupideces que creen divertidas. En fin, escojan lo que deseen.
De aquí en adelante singularizo las instrucciones, puesto que las circunstancias serán diferentes para cada uno, aunque producirán idéntico resultado.
Llegado cierto momento, como por casualidad del destino, por mero accidente cosmológico, moverás algunos grados tu ángulo de observación, y de repente la verás (o lo, depende de si eres sombre o mujer). Ahí está ella (o él, ¿Qué más da?), caminando lentamente en dirección hacia, con el pensamiento cautivo en algún asuntillo que le hace olvidarse del mundo entero. La mirarás, detenidamente observarás sus rasgos, su fisionomía. Contemplarás su forma de caminar, admirarás la manera en que avanza entre los demás transeúntes, como si ella no fuese parte de ellos, como si el hallarse en aquel lugar no fuese más que un revés en su vida.
Como por una efecto conjunto de las fuerzas del cosmos, como en respuesta a tu insistente mirada, ella te mirará, por unos breves segundos te observará y creerás haber visto en aquel hermoso rostro, detrás de su mirada angelical, un viso de sonrisa, la sombra de una expresión galante dirigida hacia ti en medio de aquella multitud de seres ajenos a tu propósito.
Instintivamente, sin saber cómo o por qué, en el justo momento en que se acerque a tu banca te levantarás y dejarás caer disimuladamente el libro que estabas leyendo (si elegiste otra cosa, ni modo, tendrás que idear otra forma). Ella, quizás un poco sobresaltada al ver el libro caer a tus pies, se detendrá y establecerá contacto visual, y quizá verbal, contigo.
He aquí donde comienza nuestra labor de suicidio.
Le hablarás y ella te hablará. Serás gentil, simpático y caballeroso. La harás reír y alabarás su sonrisa y sus hermosos ojos. Ella corresponderá a tus halagos y a tus galanterías con una sonrisa.

Sin saber cómo, ambos se verán envueltos en una amena conversación, mientras la acompañas caminando hasta su casa. En el transcurso de la conversación se darán cuenta de que ambos son lectores, de que tienen muchas cosas en común y de que podrían llegar a ser buenos amigos. Te enterarás de que ella es soltera y está sola y una chispa se encenderá en tu pecho, un pequeño latido inusual que intenta avisarte de que algo nuevo está pasando.
Y es aquí, amigo mío, donde empieza tu muerte, el suicidio lento y eterno del amor. Sentirás en tu pecho que se clava la saeta de Cupido, mientras de tu corazón mana ese sentimiento que no sabes explicar, pero que sabes que está ahí. Así empieza un ciclo de muerte-vida, un imparable proceso de morir-resucitar, de creer que estás vivo cuando en realidad estás muerto. Entonces sabrás que te has estado suicidando desde ese momento en que dejaste caer un libro a los pies de esa hermosa mujer, pues TE HAS ENAMORADO.
Si esperabas un suicidio que involucrara un disparo, una cuerda, un veneno o un puente, permíteme decirte que eres bastante común y que, por tanto, mereces una muerte común, y no la muerte digna que ofrece el amor, una muerte que se convierte en arte y que manifiesta el más grande milagro de la naturaleza.
Porque el amor es el arma más letal que existe: como saeta se nos clava en el pecho; como veneno recorre nuestro ser; como una cuerda se nos anuda en la garganta, pero como droga, nos mata mientras nos llena de placer.

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