© Ismael Contreras, 2016
Una suave, pero insistente lluvia entona sus melodías en la
calle, mientras el cielo se ilumina de vez en cuando con suaves relámpagos,
revelando una espesa cortina negra que cubre el ambiente y sume todo en la
oscuridad, seguidos de truenos discretos y prudentes que apenas logro escuchar.
Este es el mejor escenario para que aparecieras tú, con tu
pelo mojado pegado a tus hombros, con ese vestido azul que se adhiere a tu piel
de manera tan provocativa, y las gotas de lluvia recorriendo tu rostro, ese
rostro de ojos azules y sonrisa tímida pero franca que me deja hechizado por un
momento, mientras me pides que te permita entrar a mi casa para refugiarte de
la lluvia.
Te dejo pasar y te ofrezco asiento, sin importar que estés
mojada, porque no logro pensar más que en lo hermosa que te ves con la ropa
empapada, con el vestido ajustado cuerpo que remarca la belleza y perfección de
tu figura y resalta tu trasero de escultura griega.
Me miras a los ojos, entre apenada por la molestia y
divertida por mi hipnosis. Temo que en mis ojos color café descubras lo que
pienso en ese instante. Te miro a los ojos, entre cautivado por tu belleza y
dominado por un deseo insano que surge en mi ser. Nos miramos en silencio, y en
esa mirada nos decimos cosas que los labios no podrían pronunciar ni los oídos
escuchar.
Para romper el hielo, te ofrezco una toalla y el baño para
que te seques y te cambies. Quizás sin saberlo, quizás a propósito, aceptas mi
ofrecimiento, aún sabiendo que no tienes con qué cambiarte, pues la única ropa
que llevas está más que mojada.
Entras al baño, mientras por mi ser corren sensaciones que
intento ignorar. Tardes unos minutos, y luego apareces envuelta en la toalla,
rezumando belleza, sensualidad y atracción. Me dices, con esa voz suave, pero
dominada que no tienes nada que ponerte hasta que se seque te ropa y que si no
me importa que esperes en toalla. Quedo algo pasmado, y te ofrezco a cambio una
bata de dormir que tengo en la habitación.
Mientras me sigues en busca de la bata, mientras siento tus
suaves pasos detrás de mí, siento un fuerza extraña, una sensación nueva, que
recorre mi ser. Me detengo de pronto, y como distraída, pasas a mi lado, y tu
cuerpo roza con el mío por un breve instante, que bastó para desearte hasta el
límite.
Mientras busco a bata en el ropero, siento que a mi espalda
algo se desliza lentamente y cae al suelo. Al volverme, mi mirada se encuentra
directamente con la tuya, ardiente en deseo y pasión, mientras la toalla yace a
tus pies. Contemplo tu cuerpo desnudo, siento una fuerte erección entre mis
piernas y entrego mis pensamientos al deseo que ya se desborda de mi ser.
Te acercas a mí, totalmente desnuda; intento voltear la
mirada, pero tus suaves manos me vuelven el rostro hacia ti y nuevamente
nuestras miradas se hallan. Me empujas lentamente a la cama, mientras yo me
dejo llevar sin decir ni una palabra; te colocas sobre mi cuerpo y empiezas a
besarme, me besas con esos labios color fresa que me hacen sentir que te deseo
aún más. Sigues besándome, primero suavemente, luego introduciendo tu lengua en
mi boca y buscando la mía; besas mis labios, mi cuello, y de nuevo mis labios.
Muerdes lentamente el pómulo de mi oreja, mientras siento que con tu mano
acaricias la zona de mi erección y luego la rozas con tu pubis.
Me entrego a ti, sin pensar, sin resistirme, dejándome llevar
por tus movimientos, tus besos y tus caricias. Empiezas a desbrochar mi camisa,
y entonces mis manos agarran tus nalgas y la aprietan suavemente. Acercas tus
labios a mi oído y me susurras: “no soy de porcelana ni tu un peluche, no me
trates con suavidad”. Como esperando esas palabras justas, aprieto tus nalgas
contra mi cuerpo con fuerza y siento tu tibia piel a través de la tela de mi pantalón.
Ya me has quitado la camisa y rápidamente me retiras el pantalón,
dejándome en bóxer. Me besas nuevamente, esta vez con más pasión, mientras
aprietas mis costados con tus añas y me haces sentir que soy tuyo, aumentando
mi excitación. Me besas el cuello, me besas el pecho y sigues desciendo por mi
vientre, hasta llegar al bulto que se esconde bajo mi bóxer.
Lentamente, retiras el bóxer hacia abajo, dejando libre un
miembro erecto, firme y palpitante. Luego de retirar el bóxer totalmente, tomas
mi falo y lo acaricias suavemente con ambas manos, descubriendo el glande y volviéndolo
a cubrir; así varias veces. Después, retiras tu cabello de tu rostro y lo echas
hacia atrás, tomas mi pene con una mano y te lo introduces en la boca. Solo un
poco al principio, chupándolo con suavidad y lentitud, y luego con más prisa,
con los labios, con la lengua, con toda la boca. Mientras me lo chupas, agarro
tu cabeza y la muevo una y otra vez, hacia arriba y hacia abajo, mientras
siento que mi pene entra y sale y me excitó aún más.
Luego de un rato haciéndome sexo oral, me indicas que me
levante, te acuestas y abres las piernas. Veo tu sexo, excitado y deseándome,
mi cuerpo entero también lo desea, y me agacho entre tus piernas. Con mi dedo
pulgar comienzo a masajear tu vulva, primero en forma de círculos y luego hacia
arriba y hacia abajo. Te revuelves sobre la cama y me agarras por el cabello,
lo haces con fuerza, pero en lugar de dolerme, me excita. Paso la lengua sobre
tu vulva una y otra vez, mientras con los dedos la voy masturbando. Luego la
chupo suavemente con los labios, le paso la lengua y chupo los labios, halándolos
hacia fuera. Sigo chupándotela durante un rato, de diferentes, formas y
alternado el uso de los labios y la lengua.
Luego de chupártela, te penetro con un dedo, una y otras
vez, mientras gimes de placer. Cuando tus gemidos disminuyen, te penetro con
dos dedos, lentamente, y luego rápido, y más rápido, agrego otro dedo, y te
masturbo con frenesí con tres dedos, mientras casi me gritas del placer y halas
mis cabellos con más fuerzas.
Cuando ya te he masturbado lo suficiente, subo por tu
vientre besándote, con pasión y sensualidad, y llego hasta tus senos. Los chupo
uno a uno, hasta que se ponen firmes y tus pezones endurecen. Chupo cada pezón,
pasándole la punta de la lengua, mientras pellizco el otro y lo halo con fuerza. Te muerdo los pezones, muerdo tu
cuello, muerdo tus orejas y tú, más que excitada, te aferras a mi espalda con
tus uñas, mientras contorneas tu cuerpo, me abrazas con tus piernas y me
aprietas hacia ti.
En un momento, tomo mi pene totalmente erecto y paso la
punta desnuda por su vulva húmeda, arriba y abajo. Luego te penetro lentamente,
sólo la punta, la entro y la saco, haciendo fuerza con mi pene hacia tu clítoris.
Repito la acción varias veces, hasta que ya no puedes más y todo tu cuerpo me
pide que te penetre. Entonces te penetro, suave y lento, una vez, dos veces,
tres veces. Aumento el ritmo, mientras aumenta nuestra excitación. Sigo penetrándote,
cada vez más rápido, te doy duro, con fuerza, nuestros cuerpos se mueven al
ritmo de las penetraciones, mi pene y tu vagina, en un ritmo constante de
penetraciones salvajes, una y otra vez, me muerdes, yo te muerdo, y seguimos en
el acto sexual que nos excita, subiendo cada vez más alto.
Cuando siento que estoy alcanzando mucha altura, me detengo
lentamente y te pido que te voltees. Te coloco de rodillas, de espaldas a mí,
tomo tus brazos y los sujeto tras tus espaldas, y vuelvo a penetrarte, te doy
con deseo, con fuerza, sin aflojar la presión en tus brazos. Gimes, me gritas,
me pides que no pare, que no te suelte, que te dé más duro, y yo aumento el
ritmo, te penetro con más fuerza y muerdo tu cuello.
Te pido que te coloques en cuatro sobre la cama, reúno tu cabello
en una cola, lo sujeto y, en esa posición, mantengo el ritmo del sexo salvaje, dándote
fuerte, mientas tu culo se pone rojo por el movimiento y los choques con mis
piernas. Mantengo tu cabello agarrado con firmeza y lo halo hacia mí con
fuerza, sin dejas de penetrarte. El dolor te excita aún más y te mueves rápidamente,
aumentando el ritmo de las penetraciones.
Ambos, cansados de esta posición, adoptamos una nueva. Me coloco
en la cama, sostengo mi pene y tú te colocas sobre él. Te mueves una y otra y
otra vez con un ritmo que va aumentando a medida que vamos alcanzando el clímax.
Colocas tus manos sobre mi pecho, yo aprieto tus cinturas con las mías, y
seguimos el ritmo, entregados al placer del sexo. Subimos, ya no somos dueños
de nosotros mismos. Me golpeas en el rostro, yo te pellizco, me muerdes, yo te
aprieto contra mi pecho, mientras te penetro duro y rápido, hasta que los dos,
a la vez, a un mismo tiempo, llegamos al clímax, experimentamos el orgasmo. Te abrazo
contra mí, y junto nos dejamos caer en el último punto del placer. Y…
Suena la sirena de un coche que avanza en la calle bajo la
lluvia, abro los ojos y te veo sentada frente a mí toda empapada. Me miras, me
sonríes, y con tu hermosa voz me dices:
- “Te
has quedado dormido”.

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