Justo hoy se cumplen seis meses
desde que conocí a Juliet, pero cada segundo transcurrido en mi vida desde el
día en que la vi por primera vez permanece en mi memoria tan fresco como la
mañana que acaba de nacer y aún lleva consigo la anaranjada luz del alba.
Era una noche de olvido y soledad
en cualquier bar de la ciudad. Una botella de vino era mi única compañía,
mientras permitía que la suave música que sonaba en el lugar penetrara hasta lo
más profundo de mis pensamientos, que sedujera mi atención y me elevara más
allá del mundo material. Era una noche para mí, donde el mundo no existía,
donde sólo existíamos yo y mi melancolía, ese hastío de la vida que me llevaba
por la tercera botella de aquel líquido entre dulce y ardiente que me quemaba
los recuerdos.
Estaba sentado en una mesa cerca
de la barra, de espalda hacia el mundo y de frente a la embriaguez. En mi
cuello sentí una suave brisa que sopló bajo mis orejas y me hizo estremecer.
Con ese extraño sentido que a veces poseemos los mortales, sentí en todo mi ser
aquella mirada que se posaba sobre mí, me sentí observado y que mi piel era
desnudada por unos ojos que descansaban su mirada ávida en mí.
Me volví hacia una de las mesas
que se hallaban a mis espaldas y mis ojos se encontraron con unos ojos que me
observaban desde la semioscuridad del lugar, mi mirada se topó con aquella
mirada tan intensa, tan fuerte y tan real que me hacía sentir como si mi alma
estuviese desnuda frente a aquella que la observaba, como si mi pasado, mi
presente y mi futuro estuviesen conjugados en aquel hilo invisible que mantuvo
unidas nuestras miradas durante un instante eterno.
Como respondiendo al influjo de
nuestras mudas miradas, aquella hermosa joven se acercó a mí, y entonces pude
observarla y admirar esa extraña belleza que la cubría. Lo primero que atrajo
mi atención fueron sus hermosos ojos negros, tan negros como el azabache más
puro, tan oscuros como la noche más negra que oculta sus secretos al mundo,
ojos tan brillantes como el mismo universo, tras los cuales se escondía aquella
mirada tan intensa que pudo romper las barreras de lo normal y penetrar hasta
mi propia alma. Por un instante admiré esos ojos que con su mirada 0me hacían
sentir en algún punto lejano del espacio, donde sólo era yo, yo y ese par de
negras estrellas que me observaban, tan negras como su pelo lacio, recortado de
forma que cubría su cabeza como una corona vuelta hacia abajo. Todo en ella
despertaba en mí una sensación desconocida: su ojos, su cabello, su mirada, su
cuerpo perfilado bajo ese vestido negro, cómplice de la noche para exaltar su
belleza y sus atractivos, dueño de esos senos que perfilaban su sensual forma
bajo la negra tela que los cubría; la sonrisa discreta con que me observaba, como
fiera que espera el momento oportuno para atrapar a su presa, encendía en mí
una llama que nunca antes había sentido, una especie de deseo que en lugar de
quemarme ardía en mi pecho como el fuego de una gran pasión. Todo en ella
ejercía una fuerte atracción sobre mí, aumentada por poder de la semioscuridad
que coronaba con su misterioso halo aquella desconocida beldad.
Lentamente, como saboreando su
poder sobre mí, caminó en mi dirección, como diosa que se dirige a recibir la
áurea corona con que han de exaltarla. Se detuvo frente a mí, sin decir ni una
palabra, sin que ningún movimiento extraño delatara sus pensamientos ni
reflejara sus intenciones; tomó la copa media llena, que descansaba sobre la
mesa, y se tomó todo aquel líquido, cual hermoso vampiro que disfruta el
violáceo néctar de su víctima. Nuevamente me miró, mientras mis ojos no
lograban apartarse de ella; se acercó a mí, colocó su diestra sobre mi rostro y
besó, con un largo y profundó besó que no sólo llegó hasta mi boca, sino que
penetró en lo más profundo de mi alma e impregnó en todo mi ser el agradable
sabor del vino mezclado con ese apasionado beso.
Sin saber de mí más que de que
sentía mi cuerpo, me puse de pie lentamente, movido por la muda voluntad de
aquella hermosa joven que parecía venida de las estrellas. Sentí sus cálidas
manos sobre mi rostro, sus suaves caricias sobre mi piel. Colocó su frente
contra mi frente, su rostro frente al mío, y me perdí en la infinita oscuridad
de sus negros ojos que me miraban intensamente, como si lograsen ver mi propia
alma más allá de mis ojos. Lentamente se volvió, mientras sostenía mi mano, y
caminó hacia la salida, sin pronunciar una palabra, sin que su voz aún me
penetrara y sin que mi cuerpo opusiera la más mínima resistencia.
Aquel cuerpo que caminaba en la
oscura acera detrás de una completa desconocida que me robó con un beso era mi
cuerpo, más en el no estaba yo, en él no estaba mi alma; en ese cuerpo sólo
reinaba la muda voluntad de aquella que llevaba consigo, no sólo mi cuerpo,
sino también mi más intenso deseo.
Llegamos a una casa ubicada a
unos cuantos metros del bar, sumida en la oscuridad y donde la débil luz de la
luna no lograba llegar. Al pisar el umbral de aquella vivienda la puerta
pareció obedecer a la voluntad de mi compañera, pues se abrió de inmediato sin
que ninguna fuerza material se posara sobre ella. Entramos al lugar, donde una
extraña y desconocida luz luchaba en contra de la oscuridad total y mantenía
aquel espacio sumido en una semioscuridad que permitía cierta visión. Era una
casa de madera algo grande; aquella sala donde nos encontrábamos parecía ocupar
un gran espacio, de acuerdo a lo que mis ojos podían atisbar bajo aquella
escasa luz. El moblaje que pude descubrir se componía de una mesa escritorio
con varios libros, una portátil y una lámpara de lectura apagada; en la pared
más cercana a nosotros colgaban algunos cuadros, aunque no pude identificarlos
debido a la falta de luz, y en una parte de aquella sala había un juego de
muebles con una mesita en medio.
De nuevo la chica me tomó de la
mano y me llevó hacia una habitación mejor iluminada con una luz omnipresente,
aunque proveniente de una fuente invisible. Era una habitación no demasiado
grande, con un lecho en un lado y un librero en la pared opuesta.
Mi acompañante me llevó hacia la
cama y me empujó suavemente sobre ella, mientras se colocaba sobre mí y besaba
apasionadamente mi cuello. Yo permanecía sumiso a ella, correspondiendo a sus
besos y sus movimientos, mientras ella me desvestía lentamente, quitando los
botones de mi camisa sin dejar de besarme: la boca, el cuelo, el pecho, mi
abdomen y hasta mi ombligo. Cuando la camisa estuvo fuera, se detuvo de besarme
y lentamente se quitó el negro vestido, arrojándolo hacia el piso.
Así, sólo vestida con el negro sostén
y sus bragas negras como la noche, volvió a besarme, mientras yo yacía casi
acostado, sin camisa y sólo con el pantalón puesto. Aquella misteriosa amante
me besaba apasionadamente, con esos labios tan perfectamente perfilados que
sabían absorber de cada espacio de mi piel el néctar de la ardiente pasión. Fue hasta el cierre de
mis vaqueros y lo desabrochó, mientras sus labios besaban mi vientre de una
forma que ardía el deseo en mí. Lentamente fue retirando los vaqueros, dejando
al descubierto mi gran erección que se marcaba bajo el bóxer.
Mi corazón y todos mis
pensamientos estaban centrados en el ardiente deseo que me consumía, mientras
mi muda amante dibujaba con sus besos en mi piel el mapa del paraíso. De nuevo
sus labios buscaron mis labios, al mismo tiempo que rozaba mi sexo erecto con
la humedad que se manifestaba entre sus piernas. Mis manos buscaron el cierre
de su sostén en la suave piel de su espalda y lo desabrocharon, dejando libre
un par de hermoso senos que se mantenían firmes por el deseo que ardía en todo
su cuerpo. Despacio, dejando que casa gota de pasión se manifestase en nuestros
cuerpos, ella bajó lentamente y retiró mi bóxer, mientras que con su boca, con
sus ardientes labios, saboreaba la eréctil pasión que quedaba al descubierto.
Nuestros cuerpos fueron
totalmente desnudados, entre ella y yo sólo había un corto espacio que
transmitía nuestra pasión. Su cuerpo quedó bajo mi cuerpo y con ardiente deseo
lo recorrí beso a beso, saboreando en sus labios el deseo de nuestro ser, buscando
en sus senos el infinito placer de la llama que nos abrazaba, hasta que llegue
al lugar donde con mis labios pude absorber el néctar de todo su deseo, la
ambrosia que manaba por la excitación de su ser.
Y en aquella desconocida
habitación, en aquella cama que emuló el más perfecto paraíso, hicimos el amor,
mi cuerpo se entregó a aquella desconocida, su cuerpo fue mío, sin que entre
ella y yo mediara una sola palabra.
Luego de que nuestros cuerpos se
poseyeran el uno al otro, de experimentar en distintas posiciones el regalo de
los dioses, de sentir en nuestra carne el fuego que quemaba nuestras almas y de
entregarnos el uno al otro en un ritmo de penetraciones placenteras,
compartimos el éxtasis del orgasmo. Con su cuerpo sobre el mío, mi sexo dentro
del suyo, no dejamos llevar por la avalancha que nos arrastraba y tocamos
juntos la cima de la pasión. En el justo momento en que nuestras almas dejaban
nuestros cuerpos en el clímax del placer, nuestros ojos se encontraron en una
mutua mirada de satisfacción, sus negros ojos se fijaron en los míos, y juntos
los cerramos, dejándonos llevar hasta el infinito.
Pero al abrir los ojos, al
compartir nuevamente nuestras miradas, un terror efímero, un susto fugaz, se
apoderó de mí, pues los ojos que ahora me miraban no tenían nada del intenso
color negro que hasta hace unos segundos había en ellos. Los ojos que ahora
penetraban mi alma eran de un hermoso color ambarino, como el crepúsculo que se
esconde tras el horizonte justo antes de llegar la noche.
Pero aquel susto no duró en mí,
pues me dejé vencer por el cansancio y permití que mis ojos se cerrasen y mi
alma escapase con Morfeo. Mi sueño fue interrumpido por una suave voz femenina,
melodiosa como el canto de una sirena, seductora como la voz de las ninfas, me
decía al oído “mismo día, misma hora,
mismo lugar”.
Desperté totalmente y me descubrí
totalmente vestido, mientras mi ardiente amante me observaba en silencio, son
esos ojos que aunque hubiesen cambiado de color (quizás sólo eran ideas mías)
seguían teniendo esa hermosa y penetrante mirada.
Salí de aquella casa, seguido por
la joven, y me encontré con una oscuridad intensa e impenetrable. Me volví para
despedirme de la chica con un beso, pero ella me detuvo, me besó en la mejilla
y me despidió con la mano.
Dudé durante un segundo, pero
entonces escuche su voz, la misma melodiosa voz que me trajo del mundo de los
sueños, que repetía “mismo día, misma
hora, mismo lugar”, y antes que yo pudiera preguntar nada agregó “Juliet” y
de inmediato regresó al interior de la casa y cerró la puerta tras sí.
Y así conocí a Juliet, aquella
extraña y a la vez maravillosa noche de pasión. Pasé el sábado y el domingo sin
poder pensar, concentrado únicamente en el recuerdo de aquella hermosa joven,
de su misteriosa actitud y del extraño cambio de color de sus ojos.
Intenté hacerme creer a mí mismo
muchas explicaciones del extraño fenómeno de esos hermosos ojos, desde la
posibilidad de que se tratase de lentes de contactos hasta otras explicaciones
menos creíbles y naturales, hasta que terminé por aceptar la idea de que se
trataba de un engaño de mi mente causado por el alcohol y que esos ojos siempre
fueron del color que ahora tenía, de ese hermoso color de la miel.
Ya el lunes Juliet se había
convertido un agradable recuerdo que se quedó guardado en mi mente y al cual no
tenía por qué recurrí. De nuevo regresé a la insípida monotonía de mi vida, la
triste rutina que era mi existencia: trabajo, compromiso con clientes, quejas
de mi novia porque dizque no le presto atención, elogios hipócritas de quienes
me rodean y se benefician de mí como sanguijuelas insaciables. De vuelta a lo
mismo durante una semana, hasta que el viernes me recuerde todo mi cansancio y
mi hastío y mi decepción de la vida me arrastré hacia aquel bar, donde podía desahogarme
en una copa de alcohol.
Un extraño anhelo me hacía desear
la llegada el viernes más que nunca, aunque en mi mente no había ninguna razón
aparente. Y aunque aquella semana parecía ser una semana normal, con los mismos
sucesos de todas las semanas de mi vida, había algo en ella que la hacía única,
mientras que algunas pequeñas cosas que me sucedieron, que entonces me
parecieron insignificantes, acuden ahora a mi memoria con la claridad del día.
Por ejemplo, el miércoles fue un
día agotador, mucho trabajo, muchos clientes que atender; ese día tuve una
discusión con mi novia, para variar, por lo que me quedé en la oficina hasta
muy avanzada la noche para no llegar a casa y encontrarme conmigo mismo,
intentado huir de mis pensamientos y tratando de evitar el enfrentarme a mí
mismo. Aquella noche, al llegar a casa, estaba verdaderamente exhausto, por lo
que tomé una ducha y me fui a la cama de inmediato.
Me dormí profundamente al
acostarme, y un extraño sueño acudió a mi mente: me hallaba sentado en el suelo
de mi habitación, con las piernas cruzada al estilo de los indios, como si me
hallase meditando; estaba en medio de un círculo formado por velas encendidas,
todas ellas con sus llamas normales, del color típico del fuego, excepto una,
la que se hallaba justo frente a mí, que tenía una llama tan roja como la
sangre, como si en lugar de una llama se tratase de una columna carmesí que
surgía de la vela.
Sentado en medio de aquel círculo
permanecí, en absoluto silencio, hasta que levanté mi mano derecha y la coloqué
sobre aquella roja llama. Al principio no sentí nada en la mano, pero al cabo
de unos segundos el fuego comenzó a quemarme, aunque no podía retirar la mano
de allí, pues una extraña voluntad me lo impedía. Por fin el dolor se hizo tan
intenso que desperté y, para mi espanto, descubrí que no me hallaba sobre la
cama donde me había acostado aquella noche, sino sentado en el piso frente a
ella, con las piernas cruzadas y un fuerte dolor en la mano derecha que casi me
hacía llorar.
Apresuradamente, me dirigí hacia
el baño e introduje la mano en agua fría, pues por el dolor estaba seguro que
de una forma u otra tenía una fuerte quemadura en la misma. Al introducir mi
mano en el agua, el dolor disminuyó considerablemente y cuál no fue mi sorpresa
al descubrir que en mi mano no había ninguna quemadura ni nada que se le
pareciese, estaba totalmente limpia, aunque aún podía sentir el dolor en ella,
como si de veras me hubiese quemado.
Aquel dolor duró hasta alrededor
de las diez de la mañana y luego desapareció sin ninguna explicación aparente y
tan repentinamente como había aparecido. Así que pude continuar con mi vida
normal por lo que me sumergí en el trabajo e intenté borrar de mi mente
aquellas cosas tan extrañas que me estaban sucediendo.
El suceso del dolor en la mano
fue quizás lo más extraño que me pasó durante aquella semana, pero no lo único
digno de atención. Durante todos aquellos días me asaltaba la sensación de
estar acompañado, sin importar que tan solo y aislado estuviese, e incluso me
parecía escullar el murmullo de voces en mi cabeza.
Al llegar el viernes, el trabajo
se me tornó más pesado que nunca, pues un fuerte anhelo de que llegara la noche
mantenía mi mente ocupada. Pude entender que, de forma inconsciente, mi mente
se había pasado toda la semana deseando la llegada del viernes para volver a
encontrarme con aquella desconocida que en una cama me había hecho descubrir la
vida y sentir cosas que creí perdidas. Claro que la extraña forma y la
misteriosa actitud de Juliet podían causar una especie de temor en mí, pero en
lugar de eso ejercían una fuerte seducción en todo mi ser que me hacía desearla
con mayor intensidad.
Cuando anocheció, cuando el sol
se ocultó tras el horizonte y dio paso al reino de la oscuridad, me dirigí
hacia el bar de mis olvidos, el refugio de mi consuelo, que ahora era el punto
de encuentro de una aventura que me excitaba con sólo pensar en ella. Llegué al
lugar media hora antes de lo acostumbrado, pero no hallé a nadie más que la
bartender de siempre y dos o tres clientes que, quizás al igual que yo antes,
buscaban ahogar en una o varias copas de alcohol la realidad de la que estaban
formadas sus tristes vidas.
Al cabo de unos treinta minutos,
cuando el reloj marcaba las ocho de la noche, al mirar hacia aquella mesa que
en mi alma ejercía cierta atracción, mi mirada se encontró con la de ella y los
latidos de mi corazón se aceleraron al verla. Esta vez se acercó a mí apenas
nos miramos, con la misma lentitud y sensualidad que la vez anterior; otra vez
me besó profundamente, descomponiendo en un beso todas mis fuerzas y explotando
como en un volcán todo el deseo de mi corazón.
Cuando apartó sus labios de los
míos, vi en sus ambarinos ojos una llama de deseo que ardía como hoguera
eterna. Nuevamente me tomó de la mano y salimos del bar hacia el lugar donde
realizaríamos el rito del sexo apasionado. Esta vez Juliet, mi ardiente amante,
llevaba un vestido de un azul intenso que dejaba al descubierto un hermoso
tatuaje en su espalda en algo así como un dragón, tatuaje que ejercía cierta
fascinación en mí mientras ella caminaba frente a mí y yo la observaba.
Llegamos a la misteriosa casa, e
inmediatamente nos dirigimos a la habitación, donde entre besos y caricias nos
desnudamos lentamente y nos hicimos el amor con toda la pasión de dos amantes
que se desean más allá de lo pensable. Una vez más nos entregamos a esa pasión
que ardía en nosotros, otra vez nos dejamos llevar por esa serie de movimientos
sensuales, a veces lentos y otras veces más rápidos, que nos hacían temblar del
placer, mientras mi sexo buscaba en su sexo el punto del clímax excitante , el
espacio donde los dioses parecen rendidos a nuestros pies y el cielo se
descompone en una sola nota de inmenso placer; otra vez nos dejamos arrastrar
por el torrente de pasión que nos llevó juntos hasta el mismo orgasmo, la misma
explosión volcánica que elevaba nuestras almas hasta la cima del placer; y otra
vez, ¡ay!, al mirar en sus ojos, noté aquel extraño cambio de color, pues ya no
eran unos ojos ambarinos los que me miraban con esa mirada apasionada del deseo
saciado, sino una par de luceros azules como el cielo, intensos como el mar.
Una vez más quedé dormido y fui
despertado por esa sensual voz que me decía al oído “mismo día, misma hora, mismo lugar”. Durante un efímero instante,
mientras me preparaba para salir, vi en la mano derecha de Juliet una mancha
negra, como la cicatriz de una extraña herida o de una quemadura.
Inmediatamente ella notó mi mirada ocultó la mano y se despidió de mí con la
mano izquierda. Preferí no preguntarle nada, me despedí de Juliet con un beso y
regresé a mi casa, con la mente sumergida en la duda, pensando en aquella
extraña chica. Pero una extraña fuerza volvió a apartar de mi mente toda duda y
toda lucubración y seguí caminando a casa como si nada, sin que la atracción
que ejercía aquella extraña chica sobre mí hubiese disminuido en nada.
Pasé otra semana laboral, que me
pareció exageradamente larga, con el secreto anhelo de que llegase el viernes y
poder saciar la sed de pasión que sentía mi ser en aquel manantial capaz de
colmar mis deseos.
Durante aquella semana no dejé de
sentirme acompañado por una misteriosa presencia, hasta que llegue a
acostumbrarme a ella y a preocuparme menos. Mi rutina de esos días fue la
misma, con algunos extraños sucesos inexplicables, como que el miércoles, a la
hora del almuerzo, accidentalmente rompí una taza y me lastimé con un trozo de
vidrio, pero la herida no me causó ningún dolor y sólo salió de ella una
insignificante gota de sangre, aunque bien debía arderme y durar unos segundos
sangrando a juzgar por la profundidad del corte. Por supuesto, no le presté
mucha atención a aquello, pues parecía poseído por una voluntad ajena a mí y
nada me parecía extraño durante demasiado tiempo.
Una vez más llegó el viernes, una
vez más mi cita en el bar, la visita a aquella misteriosa casa; una vez más
Juliet y yo nos fundimos en un solo cuerpo mediante la llama de la pasión y
tuvimos un ardiente sexo que nos dejó exhaustos, y otra vez esa extraña
transformación en sus ojos.
¿Hasta cuándo duraría este ciclo
de viernes eróticos, de citas misteriosas y de ardiente y mudo sexo entre
aquella misteriosa y hermosa joven y yo? No lo sé, pues algo puso fin a aquello
de manera aterradora y dio inicio al infierno en que se ha convertido mi vida
desde entonces.
El cuarto viernes de mis citas
con Juliet llegó como cualquier otro. Nos vimos en el bar, como siempre, y
nuevamente la misma rutina del beso, su ardiente mirada y yo caminar detrás de
ella hacia el paraíso de su cuerpo. Esta vez la joven llevaba puesto un vestido
negro, parecido al que llevaba la primera vez que nos vimos; sus ojos eran de
un azul grisáceo que, junto con su cabello negrísimo como la noche, le daban la
apariencia de una fiera felina en acecho de su presa.
Al llegar a la casa y entrar a la
habitación la hallé totalmente distinta: la cama había sido movida, la luz
había cambiado, pues ahora el ambiente era iluminado por velas colocadas en
sendos candelabros, uno en cada esquina de la habitación y en el aire flotaba
un agradable olor a especias que cautivó mi alma.
Sin decir una palabra, Juliet me
empujó suavemente hacia la cama, tomó un lazo de no sé dónde y ató mis muñecas
a la cabecera de la cama. Yo me dejaba hacer sin ninguna resistencia, en la
cima de la excitación por lo que esperaba.
Así atado y a su merced, la joven
comenzó a desvestirme lentamente, mientras besaba mi piel con ardiente deseo.
Luego de haber retirado toda mi ropa, se desvistió lentamente, con movimientos
sensuales, quedando tan desnuda como yo. Con todo mi cuerpo a su merced, Juliet
se colocó sobre mí y comenzó a besarme apasionadamente, con profundo deseo.
Cuando se detuvo, pude ver que sobre su seno derecho, cerca del hombro, tenía
el mismo tatuaje del dragón que había en su espalda, justo en el lado opuesto,
y que no había visto antes.
Lentamente, Juliet se alejó de mí
hacia el librero que había en la pared opuesta y regresó con un objeto en la
mano que no pude identificar de inmediato. Se colocó sobre mí, dijo unas
extrañas palabras y vi con auténtico terror que levantaba una daga a la altura
de mi pecho. Intenté moverme, soltarme y escapar de allí, pero mi cuerpo estaba
inmóvil y no me obedecía.
La joven siguió articulando
extrañas palabras en un desconocido lenguaje y de repente dejó caer la daga que
sostenía con ambas manos sobre mi pecho, donde se fue enterrando lentamente.
Sentí un fuerte ardor pero, ¡oh por los demonios del infierno!, el dolor
desapareció inmediatamente y sólo sentía la hoja del frío metal que se
introducía en mi cuerpo sin causarme dolor. Sentí la sangre caliente correr por
mi pecho y ya me daba por muerto, aunque aún no sentía nada de dolor, pero de
repente noté aterrado que la sangre que corría sobre mí no era mía, pues la
daga no había sacado ni una gota de sangre de mí, sino que aquella sangre
manaba del pecho de Juliet, exactamente de la boca de aquel drago tatuado cerca
de su hombro derecho y que parecía un monstruo vivo que escupía sangre en lugar
de fuego.
Más por el miedo y el terror, me
fui desmayando poco a poco, y antes de perder el conocimiento sentí el cuerpo
de Juliet que se desplomaba junto al mío como una masa inánime. No sé cuánto
tiempo permanecí sin conocimiento, pero al despertar seguía allí acostado, con
una daga clavada en el pecho sin sentir dolor y votar una gota de sangre y con
lo que parecía un cadáver a mi lado.
Sin saber cómo, salí aterrado de
aquel lugar, me arranqué la daga del pecho mientras corría como un loco hasta
mi casa. Al llegar a la misma me encerré y comprobé asustadísimo que en mi
pecho no había ninguna herida y que me hallaba totalmente desnudo. Si no me
detuvieron en la calle como a un loco fue por el amparo que me ofreció la
oscuridad de la noche.
Sin poder dormir durante toda
aquella noche, me preparé al día siguiente y fui hasta un destacamento de
policías para denunciar la muerte de Juliet. Luego de dar vagos detalles sobre
lo que creía qua había pasado fui al lugar acompañado de dos agentes. Sin
embargo, para aumentar mi terror y mi desconcierto, donde se suponía que estaba
la casa no había más que un solar desocupado y lleno de maleza.
Los dos agentes me miraron
extrañados, luego sonrieron y me aconsejaron que regresara a casa, que no había
sido más que una pesadilla y que me tomara el día para descansar.
Pero no, no fue una pesadilla,
pues desde ese día mi alma no ha tenido descanso y mi vida se ha convertido en
un infierno. Ningún terror se puede comparar a lo que he vivido luego de
aquella maldita noche en que estuve por última vez en casa de Juliet.
El lunes, cuando regresé al
trabajo, noté una muy extraña actitud en todos mis compañeros y vi que todos
los clientes que llegaban eran referidos a algún colega. A la hora del almuerzo
un supervisor se acercó a mí e intentó explicarme de forma delicada y discreta
que yo, que siempre había cuidado mi persona, estaba despidiendo un olor que se
tornaba insoportable para mis compañeros y que podía ahuyentar a los clientes.
Me aconsejó que me tomase esa tarde libre y que al día siguiente todo iría
normal.
Al llegar a casa pude notar lo
que hasta entonces: de mí salía un nauseabundo olor a muerte, como de materia
en descomposición. Recurrí innumerablemente al baño, utilicé todos mis efectos
de higiene personal, pero el insoportable olor no se apartaba de mí.
Aquella noche, al acostarme, viví
una parte de aquel infierno, algo que me torturaría durante varias noches
seguidas. Yacía en mi cama, como si estuviese despierto, pero envuelto por una
impenetrable tiniebla. Escuchaba ruidos de ratas a mi alrededor, pero algo me
impedía moverme, como si sólo tuviese vida para sentir, para sufrir el inmenso
dolor que me causaban unas criaturas que sólo podía sentir mas no podía ver, y
que me roían la piel y se metían por debajo ésta, alimentándose de mi carne,
causándome un dolor insoportable, un tormento infernal que me torturaba y me
hacía desear la muerte, pero sin alcanzarla. Sentía las ratas que mordían la
carne de mis pies, y el dolor me ardía como una llama que me quemaba; de mis
ojos salían gusanos que volvían a penetrar a mi cuerpo por mis fosas nasales y
mis oídos, mordiendo casa espacio por donde pasaban y lastimando con su paso
cada milímetro de mi piel roída.
Este era el dolor que me
acompañaba cada noche, sin que pudiese despertar de aquel aparente sueño, sin
que pudiese librarme de mis torturadores. De día el apestoso olor a muerto me
mantenía encerrado en casa, con el temor de repugnar a todo el que se acercase
a la misma, mientras que de noche mi cuerpo servía de alimentos a los gusanos y
las ratas que me torturaban con un dolor más allá de los límites humanos.
Varias veces intenté suicidarme,
pero la muerte parecía huir de mí, pues cada intento de suicidio, cada intento
de ponerle fin a aquel tormento que me torturaba terminaba en un fracaso. Y así
tuve que pasar una semana, hasta que de repente desaparecieron mis torturadores
nocturnos, como si ya hubiesen agotado todo cuanto podía comer de mi cuerpo y
el mal olor se alejó de mí definitivamente.
Cuando pude por fin salir a la
calle, el primer lugar al que me dirigí fue a aquella maldita casa donde
comenzó mi infierno. Eran alrededor de las cinco de la tarde cuando llegué al
lugar, y como me temía no encontré más que un solar desocupado y lleno de
malezas. Decidí regresar en la noche y ver qué sucedía.
Al cabo de unas tres horas regresé
al lugar y ahora sí, allí estaba aquella casa de madera donde creí descubrir el
cielo y me topé con el infierno. Dudé durante un largo instante si entraba o
no, pero al fin me decidí y entré al lugar. Me dirigí hasta aquella fatídica
habitación y lo que me encontré allí me heló los huesos: había un esqueleto
descompuesto sobre la cama, mientras algunas ratas merodeaban alrededor de él,
sin prestarle demasiada atención.
Salí corriendo de aquella
habitación, atravesé la sala como un rayo y me topé con una puerta
infranqueable. Por más que luché, pateé y creí gritar, la puerta no se abría y
nadie pareció escuchar y venir en mi ayuda.
Llorando como un niño, me arrojé
al suelo y pasé aquella noche allí tirado. Al amanecer la casa seguía sumida en
la misma semioscuridad, como si la noche en aquel lugar fuese eterna. Saqué
valor de donde no tenía y regresé a la habitación. Al acercarme a la puerta de
la misma ésta se abrió por sí sólo y pude ver que sobre la cama ya no estaba
aquel cadáver esquelético ni las ratas que lo acompañaban, sino que todo estaba
bien organizado. Sin saber por qué o cómo, me acosté en la cama y esperé
dormido la llegada de la noche.
Cuando ésta llegó me desperté y
me encontré con que en el piso había un círculo de velas encendidas, entre las
cuales había una con la llama intensamente roja. Como impelido por una voluntad
ajena a mí, me coloqué en medio de aquel círculo y así me pasé toda la noche,
articulando un extraño sonido a modo de plegaria, mientras colocaba mi mano
sobre aquella llama roja sin que su calor me causara ningún dolor.
Así pasé varios días, encerrado
en aquella casa maldita, durmiendo de día y sentado en aquel círculo durante
toda la noche, sin que mi voluntad estuviese en mí y como si mi cuerpo ya no
fuese mío. Así estuvo todo hasta el viernes en la noche, pues sentía como una
extraña fuerza me hacía caminar fuera de aquella casa y llegar hasta un bar que
había a varias cuadras, justo cuando el reloj marcaba las ocho.
Llegué al bar, pero estaba vacío
con excepción de una joven que estaba sentada de espaldas a la entrada. Escogí
una mesa justo detrás de ella y me quedé observándola, hasta que nuestras
miradas se cruzaron y supe dentro de mí, con esa consciencia que no era la mía,
que era ella la que estaba buscando.


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