lunes, 5 de septiembre de 2016

El Reencuentro

El amor no comienza con una mirada, ni con un beso o una primera impresión, el amor inicia con la primera locura que realizas junto a esa persona, con la primera muestra de compatibilidad que se da entre los seres que están destinados para amarse. Así comienza el verdadero amor, con una chispa de locura que enciende la hoguera del amor en los corazones.
Y para aquellos incrédulos (que siempre los habrá) que osan dudar de lo que he dicho anteriormente, les traigo un relato con el que espero demostrarle cuánta razón tengo en lo que afirmo.
Cabe decir que lo que más nos hacía compatibles a Laura y a mí, lo que mayor afinidad creaba entre los dos, era nuestra locura, nuestro comportamiento infantil ante las cosas más serias de la vida. Ella y yo compartíamos la misma conducta de indiferencia ante la opinión de los demás, por lo que se nos ocurrían las más alocadas travesuras para divertirnos.
Aunque nos amábamos tanto, aunque entre nosotros existía un lazo que parecía irrompible, lo cierto es que Laura y yo no supimos vencer las cosas que nos separaban: su extremo orgullo y mis constantes celos.
Pudimos haber sido la pareja más feliz del mundo, los amantes más dichosos de todo el universo, pero entre los dos surgían estos dos obstáculos como murallas que nos separaban al uno del otro.
Nos conocimos en una agradable mañana de primavera, durante un acto de la escuela en el que se hallaban reunidos estudiantes de las dos tandas. Como ella era de la tanda matutina y yo de la vespertina, ambos considerados como los genios del liceo donde estudiábamos, entablamos conversación con el secreto propósito de demostrarnos el uno al otro quién era el mejor. Por supuesto que su belleza me cautivó desde que la vi, tanto que toda aquella mañana alardeé de mis conocimientos para conquistarla, aunque luego me enteré que ni toda la inteligencia del mundo lograban impresionarla.
Lo que verdaderamente nos unió aquella mañana no fue ni su belleza ni mi inteligencia, sino, más bien, la simpatía que había en los dos y el grato sentido del humor.
Desde ese día nos hicimos grandes amigos y compartimos maravillosos momentos, agradables tardes de risas, en las que parecíamos dos locos risueños que desentonaban totalmente con el melancólico mundo que los rodeaba, con la gris amargura que se cernía sobre todos.
Poco a poco fue creciendo entre nosotros un gran amor que llenaba nuestros corazones, un sentimiento que nos hacía depender más y más el uno del otro. Y en mí, ese amor creció a tal magnitud que Laura se convirtió en el centro de mi vida, en mi principal motivo para sonreír en las mañanas.
Pero a pesar de ese amor, su orgullo no le permitió afrontarlo y mis celos eran una daga clavada en mi pecho que sólo me causaba dolor y sufrimiento.
Cuando la conocí, Laura tenía un novio al que decía amar. En un principio la existencia de ese novio no me afectó, pues suponía que ella era feliz junto a él. Pero a medida que mi amor fue creciendo, también fue creciendo en mí la amargura de saber que la persona que yo amaba era de otro. Esta amargura se veía aumentada porque tenía la certeza de que ella no lo amaba a él, al menos no tanto como decía amarlo.
Debido a mis estados depresivos causados por mis celos, entre Laura y yo surgió una triste ruptura que provocó nuestra separación, pues ella se mudó hacia la ciudad y yo quedé sin ella, sin mi felicidad y mis motivos para ser feliz.
Durante los primeros días de la ausencia de Laura el sufrimiento fue mi única compañía y el llanto mi único consuelo. Lloré desconsoladamente la pérdida de aquella que mi corazón amaba y creí que jamás volvería a sonreír.
Pero el tiempo, que todo lo cura, borró de mi corazón el triste recuerdo de mi amada y me permitió retomar mi vida, me permitió volver a sonreír y ver nuevamente el hermoso color que había en cada nuevo amanecer.
Aunque me había curado del dolor que me causó la partida de Laura, sabía que mi corazón seguiría amándola y que nunca podría olvidar. Sin embargo, esto no me impidió vivir aventuras ni experimentar nuevos amores.
En una de estas aventuras conocí a Sara: hermosa, inteligente, con un gran corazón y dispuesta a hacerme feliz. Inmediatamente, entre nosotros surgió una hermosa relación que prometía ser una linda historia de amor.
Sara y yo teníamos muchas cosas en común: ambos amábamos leer, los viajes, el cine, comer fuera y otras tantas cosas que hacían de nuestro noviazgo algo muy hermoso y especial. Pero faltaba algo, algo que llenara ese vacío que había en mi corazón y que tanto miedo me daba reconocer.
A pesar de ser una chica amable, simpática y muy alegre, Sara veía la vida con más seriedad que yo. Medía las consecuencia de todo y analizaba sus acciones antes de tomar una decisión. No era ese tipo de personas que puede cumplir un capricho por impulso, aunque luego tuviese que sufrir las consecuencias. Para ella todo debía tener sentido y debíamos analizar las cosas antes de hacerlas.
No negaré que me agradaba mi relación con Sara, pero seguía teniendo un fuerte anhelo por llenar ese vacío que crecía más y más en mi corazón. Quizás era esa la razón de tantas salidas al cine, de tantas comidas fueras, de tantos viajes a sitios lejanos. Buscaba un ambiente en el que mi novia me hiciera sentir la alegría de vivir más allá de los besos, las caricias y los te amo.
Una tarde, mientras Sara se encontraba visitándome en mi casa, donde vivía solo con mis libros, decidimos preparar una velada romántica para celebrar que ella pasaría aquella noche en mi casa.
Entre los dos preparamos algo realmente hermoso: una mesa con dos velas, dos botellas de vino de las que tenía en casa algo de pollo asado y unos vegetales al vapor que encargamos a un restaurante que había cerca de casa.
En la cena, apenas si probamos la comida. Luego de dos copas de vino, algunas risas y conversación sobre esto y sobre aquello, no soportamos la llama de deseo que ardía en nosotros, por lo que dejamos la mesa tal y como estaba y nos fuimos a la habitación.
Apenas entramos y comenzamos a desvestirnos apasionadamente. Ella me quitaba los botones de la camisa, mientras mis manos acariciaban sus senos por debajo del vestido y mis labios besaban su cuello... Seguir leyendo

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